I
De cómo K. dejó repentinamente atrás su vida en monoaural, entró a la Universidad y conoció a Gustav Hartmann, lector acreditado.
Por Alonso Varas Peña
Ingeniero de Ejecución en Computación
K. tuvo la sensación de no haber existido antes, y que sólo de ahora en adelante podría sentirse levemente más seguro de aquello. Entre abrazos familiares - “¡Te felicito, hijo, por tu nuevo futuro!” -, escuchaba la imagen difusa de su juvenil soledad pretérita, soledad que pretendía asesinar en poco tiempo. ¡Cómo sus ojos se deglutían las lágrimas! Recordó su habitual claustro en su Höhle de genuina clase media-baja (N. del T.: Höhle = expresión chilena para un lugar típicamente destinado al hijo de dueños de casa pequeña; invariablemente, puede enloquecer a cualquier hámster promedio). Recordó las 64 tazas de té de cada tía añeja en el living: “¡Curioso joven! No fuma, no toma, no pololea... ¿Tiene acaso 46 cromosomas?” ¡Recordó imaginarse conversando con Kafka y Richard Pryor, y haciendo reír a ambos con una rutina de stand-up! Recordó devorarse la serie completa de Papeluchos a los 6 años, y también recordó que su Atari 800XL cargaba los programas, a veces, con errores (“Rebobine 3 bloques, presione Play y luego START”)... ¡Cuánta soledad embotellada, cuántas ideas sin espectador!
Y ahora, detrás de un portón anquilosado, se enfrentaba a este nuevo mamut – la Universidad – . Rincones eternos llenos de juventud efímera. ¡Tantos a quienes conocer ahora, y temor por los que pasarán, inevitablemente, inadvertidos! Algo sabía ya K. sobre desconocer al resto. A pesar de su elocuencia, K. rara vez hablaba con sus pares (al menos en voz alta; en su mente, era un orador sudoroso y dientón). Prosiguió su andar trémulo tratando de absorber el asfalto del campus con sus pies, rumbo a su primera clase de Ingeniería (Cálculo I).
Nada de particular había en el aspecto de esa sala, salvo por la sopa instantánea de jóvenes que se encontraba afuera (¿Compañeros? ¿Es posible tal concepto?). K. se sintió, por primera de muchas veces, atrapado en una levedad onírica, caminando como si fuese una trivialidad ambulante. La sinfonía de presuntas personalidades que veía en ese grupo ya le daba a K. la idea de que había llegado, al fin, al lugar en que encontraría bálsamo para su cerebro, rugoso ya de tanta convencionalidad juvenil – convencionalidad que le rodeó durante su adolescencia. Y también pensó, paranoicamente, que probablemente esta gente era como el resto – algo mejor, puede ser, pero resto finalmente. Se acercó al grupo con sonrisa tímida y se quedó quieto; un buen hijo de profesores.
Paranoia rota con un toque. Sintió K. una anormalidad – un toque humano de un dedo índice que le insistía (stacatto) en su hombro derecho. Lo que vería al rotar su torso espantaría a su eterno escéptico interior (que era como un Buda delgadito, de lentes; Buddha Allen): un joven levemente más bajo que él, de tez blanca, flaco y de cabello negro peinado como un ramillete de navajas suizas completamente abiertas, le habló usando estas terribles palabras:
- Te cambio tres cantantes calvas por un Zaratustra – y mientras decía esto, mostraba a K. tres naipes (similares a los de RPG) que tenían una figura central abstracta impresa y el nombre “E. Ionesco” repetido periódicamente alrededor, a modo de marco.
- ¿No participas en el club, entonces? - El joven era lo suficientemente hábil para entender el silencio y la mirada extrañada de K. - Pensé que tu mochila llevaba nuestro logo - “Esa mancha aleatoria”, pensó K., “¡limpiarla después, limpiarla!” - ¡Busco hace tiempo a Zaratustra! ¡Es la difícil! Participo en el club de “Lectores Acreditados (trascendentes de emergencia)”. La gracia es poseer una carta por cada libro que uno recuerde - “realmente recuerde!”, enfatizó a K. - Múltiples apariciones de una misma carta representan re-lecturas – y mostró a K., con orgullo casi infantil, el bulto de “cantantes calvas” que guardaba en su billetera -. Ahora bien, al olvidarse del libro (cosa nada imposible; ¿o es acaso tu mente un vertedero inagotable?), es imperioso regalar esa(s) carta(s) a aquellos otros miembros del club que la soliciten. No me avergüenzo de solicitarte una trampa pequeñita; mi desesperación lo ameritó. Sí, razonable es cuestionarse el propósito de esta empresa – el joven adivinó el flujo de los pensamientos de K. - He aquí la explicación: pretendemos testimoniar, en cualquier parte y a cualquier persona, con pragmatismo y máxima eficiencia, nuestro verdadero ser, nuestro auténtico acervo cultural. ¡Si muero sorpresivamente un día, todos sabrán que detrás de mi silencio y aparente apatía existieron ideas, sensibilidades y tórridas audacias conceptuales!
No pudo evitar emocionarse levemente, asustando a K., quien se sentía con atónito mareo, con sorpresa cúbica. Siguió escuchándole en silencio (mental también, esta vez):
- Y yo pensé, nadando en inocencia, que tú te ves como un lector de Nietzche que olvidó a Zaratustra. ¿Pero quién podría olvidar algo así? Años llevo ya en mi pesar. No puedo simplemente producir otra carta; la producción fue centralizada y limitada, y sólo puedo recibirla de otro integrante del club. Pero si te diré algo: te observé caminando hacia este grupo y me doy cuenta de cómo sueles encontrarte siempre dubitativo, a la deriva, de pie en el borde del precipicio de tus frases, y que te da vértigo al mirar hacia abajo de tu última palabra. Este mundo te ha maltratado, y no te han comprendido bien. Confía en mí: mi nombre es Gustav Hartmann. Y estoy aquí también, como un hombre minimizado a la espera de grandes cosas; escucho y estoy atento. ¿Tú, solitario amigo en trámite, has vivido siempre por los caminos del creador, no es cierto? Vamos, que yo acompaño y me conmuevo cuando encuentro a un alma parecida.