En los centros culturales e instituciones que velan por el
bienestar cultural del país, se pueden encontrar espacios para la difusión del trabajo de gran parte de estos artistas. Son lugares de renombre, cuyo trabajo duro ha logrado posicionar la cultura no sólo como tema, sino como diario vivir. Sin embargo, tanto en el proceso de enseñanza como de difusión, es necesaria una inversión de todas las partes posibles (instituciones, público, artistas) para poder montar una exposición, una obra, una pieza artística, dejando fuera a gran cantidad de gente que teniendo las herramientas para trabajar en sus disciplinas, no encuentran los recursos, espacios y accesos para desarrollar sus proyectos.
Esta carencia no es ninguna novedad, ni lo es el que se vayan mutilando interesantes propuestas culturales por
falta de recursos. Tampoco es nuevo que debido a este
problema social (¡que lo es, sin duda!), aparezcan soluciones autogestionadas, y quizás en algunos casos, un poco más drásticas. Pero lo verdaderamente importante no es la novedad del suceso, sino por el contrario su trayectoria, su posicionamiento y el sólido ofrecimiento a quienes necesitan ese lugar de trabajo.
La
posibilidad de presentar a la comunidad un lugar de acogida para la cultura resulta un proceso de manifestación constante e imposible de acallar. Así es como nacen ciertos centros culturales que sin el respaldo de ser “una empresa cultural”, ofrecen una variedad de cursos, talleres y muestras, a bajo costo, el cual queda sólo a disposición de gastos básicos: cuentas, mantención y aseo de salas, módico pago de profesores, etc.
Uno de estos ejemplos es Azul Violeta (
http://www.azulvioleta.cl/ ), establecido ya como centro cultural, impulsado por el actor Nelson Muñoz, y que han concretado
un estilo comunitario de aprendizaje que les permite a los alumnos ser capaces de lograr cambios sociales a través de la cultura. En palabras de uno de sus integrantes más antiguos, Ángel Stober “la intención es generar cultura y poder entregar un
desarrollo artístico y humanitario a los alumnos”. Su premisa es la autogestión sólo para sustentar el proyecto, no para hacerse millonarios a través del arte, sino para
crear una comunidad artística, comprometida y en constante formación. Su continuación en la vida cultural del país es un tema digno de seguimiento para comprobar que la utopía no se transforme en leyenda.
Otro es el escenario de las
okupas culturales, pues el interés central no es contribuir con la sociedad, eso es sólo algo que se desarrolla por sí mismo. Adrián Salgado, uno de los propulsores de una de las casas más reconocidas en Santiago, Akí Repúblika 550, dice que “la idea parte en base a necesidades: de la gente que necesita espacio, que necesita aprender, que necesita enseñar” y que no tienen los recursos para hacerlo. En estos casos la autogestión se hace imperante. De hecho es algo que se practica como parte de cada clase, en cada taller y en cada muestra: saber mantener a flote sus proyectos para que no mueran en el camino. Con ese pensamiento, el proyecto okupa que empezó con sólo 4 talleres, primordialmente teatrales, hoy cuenta con 28 cursos de diferentes metódicas artísticas y circenses. A cambio de lo que puedan hacer o mostrar en la casa, sólo se pide cooperación en la limpieza del lugar, y trueques como alimentos no perecibles, útiles de aseo, aportes para los profesores, etc.
Las okupas y centros culturales de bajo presupuesto, suelen no llamar la atención a la hora de fijarnos un itinerario artístico del cual empaparnos en esta ciudad. Un muy mal hábito, pues a veces son éstos los que nos permiten acercarnos e involucrarnos de manera más directa en sus propuestas como parte integral de ellas.
Su esparcimiento es parte sensible de un proyecto artístico-social que apoya y fortalece los círculos populares, y que no puede ignorarse.
La diversidad es parte de lo que logramos como seres sociales y compenetrarse con
espacios públicos de entrega cultural es uno de los paseos que no siempre tomamos cuando queremos ver qué pasa con el arte en nuestro alrededor. Siendo espectadores también podemos ser parte de las
comunidades culturales que tratan de entregar una posibilidad, una tangente a todo lo formalmente establecido, y eso no es sólo para agradecerse, sino también para actuar.
Burbuja dice: Los precios de Azul Violeta van desde los $12.000 a los $16.000 mensuales. Mmm, no me alcanza.